miércoles, septiembre 28, 2022

Ocho meses de cuarentena: desesperanza, desigualdad y una ilusión de cambio

Del deseo de salir juntos y cuidarnos entre todos a una suerte de “sálvese quien pueda» y «que el último apague la luz”. La pandemia en comedores y merenderos locales.

«Tenemos un hámster dentro de su jaula. Este corre todo el día y solo se detiene para satisfacer sus necesidades básicas. Luego sigue corriendo y gastando toda su energía. En el fondo, el animal solo quema esa energía que posee bajo la ilusión de correr a campo traviesa, pero sigue estando dentro de su jaula»: de la misma manera que un hámster, los argentinos atravesamos esta situación todos los días, durante los nueve meses de cuarentena. Aunque al principio esperábamos salir “todos juntos” de la situación, para el psicólogo Walter Motilla, esta manifestación cambió hacia una suerte de “sálvese quien pueda y que el último apague la luz”. En territorio mendocino, la realidad supera a la ficción.

“Hay un cambio radical, tanto a nivel individual, vincular, familiar, social o global. Los cambios nos atraviesan en todas las dimensiones y es muy difícil, en ese contexto tan drástico que ha planteado la pandemia, mantenerte individualmente al margen y sostener el status quo. Si bien la gente hace un intento desesperado por tratar de mantener ese estado de las cosas previo al coronavirus y se reúne, por ejemplo, en la Arístides, sigue primando esto de la pandemia”, destacó el psicólogo Walter Motilla.

Durante los ocho meses de aislamiento nos preocupamos por el teletrabajo, la vacuna, el barbijo, los dispositivos tecnológicos, las reuniones sociales y familiares, la educación virtual, las actividades recreativas y deportivas, el medio de transporte, la falta de intimidad en el hogar y la muerte. “Todo ha cambiado tanto que hasta los servicios de salud y la asistencia a un nosocomio, donde supuestamente buscamos sanarnos, ahora se interpreta como una amenaza a la posibilidad de la supervivencia”, dijo Motilla, que cree que estamos en presencia del paso hacia una nueva era.

“La pandemia ha sido una microera de transición, o sea del fin de la modernidad líquida que planteaba Bauman, y vamos hacia la era de la incertidumbre. Si hay algo que ha sacado esta pandemia es este principio de incertidumbre, que no permite saber qué puede pasar mañana. Me parece que va a ser un período largo de transición hacia esta nueva normalidad”, expresó Motilla.

De aquel momento inicial en el que se planteaba la necesidad de salir colectivamente de la situación, y luego de muchos meses de encierro, la situación social también se modificó. La convivencia forzada por la cuarentena cambió la manera de relacionarnos en el plano emocional y de los vínculos. “Hay mucha más irritabilidad, intolerancia, las familias están saturadas”, dijo el psicólogo.

“Hay como un nihilismo, una suerte de soledad existencial en la que cada uno está en su propia vida de hámster, rodeado de otro hámster, pero muy solos en lo existencial porque las ilusiones, las esperanzas o expectativas se ven difusas y no se puede ver mucho más allá del horizonte. Estamos como en el mismo circuito, en la misma rutina todos los días, y con la dificultad de que no interponemos una actividad de fin de semana, una salida, un viajecito, algo que corte esta larga rutina. Con pocas posibilidades de interacción y sin pequeñas inyecciones de esperanza, entramos en esta monotonía que es muy depresiva”, explicó el psicólogo.

En principio, la falta de esperanza proviene de la pérdida de credibilidad en el discurso público de las autoridades. “Prometen una cosa y terminan haciendo otra. Es lo mismo que hacen algunos padres que no cumplen con lo que les prometen a sus hijos, entonces se ha generado un síndrome de hijo adolescente rebelde: el padre pone reglas, el adolescente no las quiere cumplir y se le escapa por la ventana”, describió el profesional.

“Se ha perdido credibilidad y se terminó de derrumbar. Esto, que parecía despertar las ilusiones y las buenas intenciones de la gente de salir juntos a flote y solidarizarse, ha dado lugar a una profunda desilusión y decepción. Veo a la gente sin esperanza, como si entendieran que esto va a ser muy largo. Se fue pasando de esta manifestación a una suerte de ‘Sálvese quien pueda y que el último apague la luz’. Hay como una ilusión, una fantasía masiva de migración, de irse a otro lugar en donde por lo menos las condiciones económicas, sociales y laborales sean un poco más estables. La gente no puede saber ni siquiera si va a poder permanecer en los puestos de trabajo estables que tiene, por eso se distienden las expectativas futuras. Es de los peores escenarios que podríamos imaginar”, dijo Motilla.

 

En territorio mendocino, la realidad supera a la ficción

Hablamos con Verónica Quiroga, que trabaja en comedores y merenderos de la provincia desde hace seis años, con el objetivo de salir un poco de la esfera teórica y buscar un testimonio concreto, del día a día. La mujer nos contó que su primer trabajo solidario fue la apertura de uno de los comedores del Barrio Lihué, en Guaymallén. Aunque desde un primer momento su motivación fue brindar alimentos para quienes no los tenían, considera que la pandemia acrecentó todo tipo de situaciones.

“Desde el merendero encontramos el caso de tres niños sin escolaridad. Su mamá vivía en la calle y su papá estaba preso, entonces se hacía cargo su abuela. No tenían ni siquiera documentación y hacía tres años que esos pibes no iban a la escuela. También encontramos otros casos en los que se les ejercía violencia a los niños”, narró Quiroga a Unidiversidad.

De la misma manera, a través de la labor social se encontraron con múltiples casos de violencia de género y adicciones. “Muchas mujeres no podían ir a trabajar al merendero porque estaban totalmente sometidas, pero, a través de estos lugares, pudimos intervenir y ayudarlas. Además, nos encontramos con todo tipo de adicciones: cocaína, marihuana, alcohol. Ves la delincuencia de los pibes que por momentos tratan de enderezarse un poco y caen de nuevo”.

Con la pandemia y el transcurso de los meses, estas problemáticas se acrecentaron y, a la par, aumentó la cantidad de personas que comenzaron a asistir para recibir alguna comida del día. “Todo se recrudeció un poco más. Hay más casos de violencia porque las mujeres tienen que estar más encerradas con el agresor; los pibes van más al merendero porque quizás respiran de todo ese nivel de violencia en las casas. Hay falta de trabajo, falta de plata y de alimentos”.

“Por ahí no tienen las medidas de higiene que deben tener, pero algunas personas no pueden comprar los elementos. A veces no toman las medidas de cuidado, no saben cómo acudir a un hospital porque hay un caso sospechoso, la atención se demora o no los atienden como deberían. A esto se suma el hacinamiento porque no hay una vivienda para una familia tipo, sino para dos o tres familias, y así es imposible aislarse. Con la escuela ni hablar, la mayoría no tiene internet. La vulneración de derechos se profundizó con la pandemia”, concluyó Verónica Quiroga.

Fuente:Unidiversidad

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