martes, mayo 24, 2022

LOS PRINCIPIOS DEL PERONISMO

La doctrina peronista es un conjunto ordenado de preceptos e ideas muy precisos, que han sido sistematizados por el General Perón en La Doctrina peronista. Sin embargo, es posible resumir los puntos principales de la doctrina en un número limitado de principios y valores que guían el pensar y el sentir del pueblo peronista. En primer lugar, el peronismo reconoce la necesidad de la organización, pues sostiene que del caos solo puede emanar más caos. El principio de organización del peronismo responde a la necesidad de ejercer control sobre una masa que por sí sola no puede moverse de manera armoniosa hacia un bien común.

La doctrina que inspira el pensamiento y moldea las pasiones debe necesariamente contar con guardianes que orienten a la masa para que esta “ascienda a pueblo”, esto es, para que se comporte como un organismo armonioso que propenda a la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación. Por eso la organización peronista reconoce tres estadios o estamentos en la pirámide organizativa del movimiento: la conducción, los cuadros intermedios y la masa. El conductor es quien encarna en su persona la voz de la totalidad del pueblo de la nación como cabeza del movimiento nacional.

Es por lo tanto una persona que no decidió colocarse a sí misma al frente del movimiento sino que fue ungida unilateral e irrenunciablemente por el pueblo. Como decía el General Perón, conductor se nace, nadie ha de hacerse conductor por voluntad propia, sino que la masa reconocerá en el sujeto las características propias de la conducción y lo ungirá prometiendo obediencia y lealtad. Quienes por ambición o deseos personales aspiran a “convertirse” en conductores irremediablemente fracasan, pues la lealtad del pueblo no se gana con esfuerzos sino que reconoce de abajo hacia arriba, desde el pueblo hacia un hombre o una mujer en un momento dado y en virtud de sus características personalísimas.

Cuando el 17 de octubre de 1945 la masa se volcó a las calles para reclamar por la libertad del coronel Perón que permanecía secuestrado en la isla Martín García y más aún, cuando Perón salió al balcón de la Casa Rosada a calmar los ánimos de la multitud y a invitarla a retirarse, en esos hitos fundacionales de la historia del movimiento peronista se puede visualizar el momento preciso de la unción del propio Perón como conductor. Los trabajadores no se retiraron de la plaza por miedo ni por un ejercicio de la obediencia fruto de la coerción, sino que por el contrario obedecieron porque estaban respondiendo a la palabra del conductor cuyas características innatas le habían asegurado en primer lugar al pueblo la necesidad de reposar en ese hombre la autoridad que no emanaba del hombre mismo, sino que era delegada por el mandato popular.

El conductor y la masa, entonces, se retroalimentan en sus posiciones. Una le otorga al otro el poder y este lo recibe para hacerlo carne y administrar la palabra que le fue cedida por el pueblo. La lealtad que caracteriza a la relación entre el líder y las masas no es entonces ni ciega ni ingenua, sino que responde de manera directa a un contrato implícito entre las partes. En un segundo nivel, como intermediarios en la organización del movimiento se encuentran los cuadros medios que se líderes o conductores a nivel local robusteciendo la unidad de un movimiento que debe ser homogéneo. Y cuando decimos “homogéneo” nos referimos a que si es necesario un principio de organización esto se debe a que la masa por sí sola no cuenta con las herrafrente a los agentes de la antipatria. La unidad, entonces, es fundamental para que cada uno de los individuos que componen al cuerpo social no permanezca indefenso como un David frente a Goliat.

El cuerpo social es lo que le permite al individuo reivindicarse en su pequeñez frente a los gigantes, hacerles frente y vencer, pues la unión hace a la fuerza. Por eso el General Perón hablaba acerca de la importancia de acoger dentro del movimiento de liberación nacional a todos los hombres y las mujeres que estuvieran dispuestos a subordinarse a una causa común y superior a cada uno de los sujetos, independientemente de donde cada uno de ellos proviniera.

La unidad es presente y tiende al futuro, no importa de dónde provenga un compañero siempre y cuando el destino que persigue sea el de una patria justa, libre y soberana. A la organización y la unidad le sobreviene en orden de aparición el principio de autoridad. Este guarda relación con los dos anteriores, pues la autoridad depende de haber sido delegada en la etapa de organización y de sostenerse en el tiempo sin intestinas.

La autoridad, una vez más, proviene del pueblo y es delegada de manera voluntaria en el líder, pero a la vez debe ser revalidada a cada momento. Cuando el conductor encarna de manera permanente los valores de libertad, soberanía y justicia social que el pueblo le delegó el contrato entre las partes permanece inalterable y se renueva fortaleciendo los lazos de amor y lealtad que unieron a las bases con la conducción desde la génesis del movimiento.

Un conductor demuestra estar a la altura de su responsabilidad histórica cuando el pueblo le reconoce su labor como representante y vocero de los intereses permanentes de la patria. En ese estado de cosas, si bien pueden surgir en el plano de los cuadros intermedios dirigentes con aspiraciones o ambiciones personales que pretendan segregar al movimiento, los intentos de ruptura de la unidad no prosperan, pues prima el principio de autoridad y el movimiento produce sus propios anticuerpos. Es cuando el conductor no está a la altura de la rol histórico o se divorcia de los intereses permanentes de la patria que surgen – ga y en ese estado de situación resulta válido apelar al principio de rebeldía para despojar a un líder sin liderazgo de una autoridad que se tornó ilegítima.

Así como el pueblo otorga la autoricomo su vocero y su brazo ejecutor en la política, de la misma manera está en su potestad negarle la obediencia y ungir a un nuevo conductor. Un conductor sin autoridad no es nada, porque el poder que puede reposar en un hombre no le pertenece, sino que es un se retroalimentan en sus posiciones. Una le otorga al otro el poder y este lo recibe para hacerlo carne y administrar la palabra que le fue cedida por el pueblo. La lealtad que caracteriza a la relación entre el líder y las masas no es entonces ni ciega ni ingenua, sino que responde de manera directa a un contrato implícito entre las partes.

En un segundo nivel, como intermediarios en la organización del movimiento se encuentran los cuadros medios que se líderes o conductores a nivel local robusteciendo la unidad de un movimiento que debe ser homogéneo. Y cuando decimos “homogéneo” nos referimos a que si es necesario un principio de organización esto se debe a que la masa por sí sola no cuenta con las herrafrente a los agentes de la antipatria.

La unidad, entonces, es fundamental para que cada uno de los individuos que componen al cuerpo social no permanezca indefenso como un David frente a Goliat. El cuerpo social es lo que le permite al individuo reivindicarse en su pequeñez frente a los gigantes, hacerles frente y vencer, pues la unión hace a la fuerza. Por eso el General Perón hablaba acerca de la importancia de acoger dentro del movimiento de liberación nacional a todos los hombres y las mujeres que estuvieran dispuestos a subordinarse a una causa común y superior a cada uno de los sujetos, independientemente de donde cada uno de ellos proviniera. La unidad es presente y tiende al futuro, no importa de dónde provenga un compañero siempre y cuando el destino que persigue sea el de una patria justa, libre y soberana.

A la organización y la unidad le sobreviene en orden de aparición el principio de autoridad. Este guarda relación con los dos anteriores, pues la autoridad depende de haber sido delegada en la etapa de organización y de sostenerse en el tiempo sin intestinas. La autoridad, una vez más, proviene del pueblo y es delegada de manera voluntaria en el líder, pero a la vez debe ser revalidada a cada momento.

Cuando el conductor encarna de manera permanente los valores de libertad, soberanía y justicia social que el pueblo le delegó el contrato entre las partes permanece inalterable y se renueva fortaleciendo los lazos de amor y lealtad que unieron a las bases con la conducción desde la génesis del movimiento. Un conductor demuestra estar a la altura de su responsabilidad histórica cuando el pueblo le reconoce su labor como representante y vocero de los intereses permanentes de la patria.

En ese estado de cosas, si bien pueden surgir en el plano de los cuadros intermedios dirigentes con aspiraciones o ambiciones personales que pretendan segregar al movimiento, los intentos de ruptura de la unidad no prosperan, pues prima el principio de autoridad y el movimiento produce sus propios anticuerpos. Es cuando el conductor no está a la altura de la rol histórico o se divorcia de los intereses permanentes de la patria que surgen – ga y en ese estado de situación resulta válido apelar al principio de rebeldía para despojar a un líder sin liderazgo de una autoridad que se tornó ilegítima.

Así como el pueblo otorga la autoricomo su vocero y su brazo ejecutor en la política, de la misma manera está en su potestad negarle la obediencia y ungir a un nuevo conductor. Un conductor sin autoridad no es nada, porque el poder que puede reposar en un hombre no le pertenece, sino que es un se retroalimentan en sus posiciones. Una le otorga al otro el poder y este lo recibe para hacerlo carne y administrar la palabra que le fue cedida por el pueblo. La lealtad que caracteriza a la relación entre el líder y las masas no es entonces ni ciega ni ingenua, sino que responde de manera directa a un contrato implícito entre las partes.

En un segundo nivel, como intermediarios en la organización del movimiento se encuentran los cuadros medios que se líderes o conductores a nivel local robusteciendo la unidad de un movimiento que debe ser homogéneo. Y cuando decimos “homogéneo” nos referimos a que si es necesario un principio de organización esto se debe a que la masa por sí sola no cuenta con las herrafrente a los agentes de la antipatria. La unidad, entonces, es fundamental para que cada uno de los individuos que componen al cuerpo social no permanezca indefenso como un David frente a Goliat.

El cuerpo social es lo que le permite al individuo reivindicarse en su pequeñez frente a los gigantes, hacerles frente y vencer, pues la unión hace a la fuerza. Por eso el General Perón hablaba acerca de la importancia de acoger dentro del movimiento de liberación nacional a todos los hombres y las mujeres que estuvieran dispuestos a subordinarse a una causa común y superior a cada uno de los sujetos, independientemente de donde cada uno de ellos proviniera. La unidad es presente y tiende al futuro, no importa de dónde provenga un compañero siempre y cuando el destino que persigue sea el de una patria justa, libre y soberana. A la organización y la unidad le sobreviene en orden de aparición el principio de autoridad. Este guarda relación con los dos anteriores, pues la autoridad depende de haber sido delegada en la etapa de organización y de sostenerse en el tiempo sin intestinas.

La autoridad, una vez más, proviene del pueblo y es delegada de manera voluntaria en el líder, pero a la vez debe ser revalidada a cada momento. Cuando el conductor encarna de manera permanente los valores de libertad, soberanía y justicia social que el pueblo le delegó el contrato entre las partes permanece inalterable y se renueva fortaleciendo los lazos de amor y lealtad que unieron a las bases con la conducción desde la génesis del movimiento.

Un conductor demuestra estar a la altura de su responsabilidad histórica cuando el pueblo le reconoce su labor como representante y vocero de los intereses permanentes de la patria. En ese estado de cosas, si bien pueden surgir en el plano de los cuadros intermedios dirigentes con aspiraciones o ambiciones personales que pretendan segregar al movimiento, los intentos de ruptura de la unidad no prosperan, pues prima el principio de autoridad y el movimiento produce sus propios anticuerpos.

Es cuando el conductor no está a la altura de la rol histórico o se divorcia de los intereses permanentes de la patria que surgen – ga y en ese estado de situación resulta válido apelar al principio de rebeldía para despojar a un líder sin liderazgo de una autoridad que se tornó ilegítima. Así como el pueblo otorga la autoricomo su vocero y su brazo ejecutor en la política, de la misma manera está en su potestad negarle la obediencia y ungir a un nuevo conductor. Un conductor sin autoridad no es nada, porque el poder que puede reposar en un hombre no le pertenece, sino que es un préstamo otorgado en concesión por el pueblo bajo un estricto régimen de condiciones que el líder ha de satisfacer en todo momento para poder seguir encarnando el movimiento.

Un líder entonces no puede ser cualquier hombre o mujer, debe demostrar una conducta intachable, disciplina, capacidad de mando y llevar una vida ordenada de acuerdo con los valores fundamentales de la fe cristiana, cuya doctrina social es a su vez la base de la doctrina justicialista. Conforme a lo establecido por el propio General Perón, la doctrina justicialista es ante todo pragmática, antepone el verbo al sustantivo y la acción por sobre la palabra, pero también privilegia al colectivo por sobre el individuo y a la patria por sobre sujeto. Cuando un líder se privilegia a sí mismo en sus aspiraciones personales por encima de la felicidad del pueblo o la grandeza de la nación la autoridad se diluye, y del mismo modo cuando no demuestra sentir profundamente en el seno de su alma los valores de la cristiandad: la solidaridad, la caridad, la justicia, la fe, la amistad, la fraternidad y el amor por la patria y por el prójimo.

A diferencia del liberalismo alienante y el marxismo estatizante, ambos promotores de la lucha entre clases y de la explotación del hombre, el justicialismo sostiene la unidad de la nación bajo lazos de amor, siendo el único movimiento nacional de liberación cuyo capital revolucionario no radica en la lucha sino en la paz, en la cooperación, en la unidad de las clases bajo el control del un Estado árbitro de las relaciones sociales y en la solidaridad con los más débiles de la patria.

Los pilares de la doctrina justicialista son el trabajo como ordenador social y la justicia social porque es justo que cada hombre produzca como mínimo lo que consume y que tanto los niños como los adultos mayores, esto es, quienes aún no se encuentran en edad de producir y aquellos que ya han cumplido su ciclo productivo gocen de los privilegiados en una comunidad organizada en la que a cada quien se le asigne un rol que debe cumplir para el bienestar de todos. El peronismo es una doctrina de paz y amor, doctrina que garantizó la realización de una revoluque no encara desde la lucha entre clases la transformación sino que propone la unidad armoniosa entre el capital, el trabajo y el Estado.

Se ha demostrado además en la práctica, – ca política y social que no condujo al empobrecimiento material o moral de los pueblos, sino a su crecimiento y desarrollo. – ción justicialista, la culminación y consolidación y su contagio venturoso hacia todos los pueblos del mundo “hasta que el último ladrillo sea peronista” no en Argentina sino en el mundo han quedado inconclusas pero no por efecto de algún vicio de origen presente en los propios lineamientos de la doctrina, sino meramente por la intervención a sangre y fuego de la fuerza brutal de la antipatria. (*) Facundo Celasco es presidente del Partido Justicialista de Dolores. /FacundoCelascoOFICIAL @FacundoCelasco préstamo otorgado en concesión por el pueblo bajo un estricto régimen de condiciones que el líder ha de satisfacer en todo momento para poder seguir encarnando el movimiento.

Un líder entonces no puede ser cualquier hombre o mujer, debe demostrar una conducta intachable, disciplina, capacidad de mando y llevar una vida ordenada de acuerdo con los valores fundamentales de la fe cristiana, cuya doctrina social es a su vez la base de la doctrina justicialista. Conforme a lo establecido por el propio General Perón, la doctrina justicialista es ante todo pragmática, antepone el verbo al sustantivo y la acción por sobre la palabra, pero también privilegia al colectivo por sobre el individuo y a la patria por sobre sujeto.

Cuando un líder se privilegia a sí mismo en sus aspiraciones personales por encima de la felicidad del pueblo o la grandeza de la nación la autoridad se diluye, y del mismo modo cuando no demuestra sentir profundamente en el seno de su alma los valores de la cristiandad: la solidaridad, la caridad, la justicia, la fe, la amistad, la fraternidad y el amor por la patria y por el prójimo.

A diferencia del liberalismo alienante y el marxismo estatizante, ambos promotores de la lucha entre clases y de la explotación del hombre, el justicialismo sostiene la unidad de la nación bajo lazos de amor, siendo el único movimiento nacional de liberación cuyo capital revolucionario no radica en la lucha sino en la paz, en la cooperación, en la unidad de las clases bajo el control del un Estado árbitro de las relaciones sociales y en la solidaridad con los más débiles de la patria. Los pilares de la doctrina justicialista son el trabajo como ordenador social y la justicia social porque es justo que cada hombre produzca como mínimo lo que consume y que tanto los niños como los adultos mayores, esto es, quienes aún no se encuentran en edad de producir y aquellos que ya han cumplido su ciclo productivo gocen de los privilegiados en una comunidad.

 

Por: Facundo CELASCO   /   Referente Nacional de la Agrupación Las 3 Banderas

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