viernes, septiembre 24, 2021

Las banderas del peronismo

El peronismo, o más precisamente el justicialismo, es una doctrina completa con sus bases filosóficas, su cosmovisión y los lineamientos prácticos de su puesta en ejercicio.

El General Perón fue muy taxativo al enunciar que “Una doctrina sin teoría resulta incompleta pero una doctrina o una teoría sin las formas de realizarlas resultan inútiles, de manera que uno no ha cumplido el ciclo real e integral mientras no haya conformado e inculcado una doctrina, enseñado una teoría y establecido las formas de cumplir una y otra”.

Esto significa que la doctrina peronista fue pensada por su autor desde el inicio con el fin de no constituir letra muerta sino un basamento ideológico y pragmático de la política de su gobierno. En ese sentido, el General Perón llevó a la praxis política su máxima filosófica fundamental: mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar.

El peronismo es la doctrina de la justicia social porque propende al bien común, pero vale también definir de qué hablamos cuando nos referimos a la justicia social.

La justicia social es la más importante de las banderas del peronismo, la que le otorga su nombre pues constituye el fin último que la doctrina persigue. Entendemos por comunidad organizada peronista una comunidad en la que a través del ejercicio de la soberanía política la sociedad se desarrolle plenamente mediante la independencia económica, fundamento material de la justicia social cuya fase inmaterial es el nacionalismo cultural.

He ahí la relación existente entre las tres banderas del peronismo y lo que podríamos considerar una cuarta bandera o uno de los pilares ideológicos de la praxis peronista, el nacionalismo.

Entendemos por soberanía política el pleno ejercicio de parte de un pueblo del gobierno efectivo sobre su territorio. La soberanía es la facultad de mandar, por definición es soberano quien sea capaz de dictar leyes de cumplimiento efectivo. Pero un país donde el Estado no posea en sí mismo la potestad de gobernar plenamente sobre su territorio no es un país soberano. En la actualidad, la Argentina no posee la libertad de dictar leyes que abarquen a la totalidad de su territorio, en este mismo momento parte de nuestro país es usurpado de manera ilegítima por una potencia extranjera que se arroga la facultad de gobernar sobre población argentina y de explotar los recursos naturales pertenecientes a nuestro territorio insular.

La soberanía política es entonces una bandera fundamental para el desarrollo de la nación, pues de ella depende que las riquezas de un pueblo le pertenezcan de hecho y no solo de nombre. Mientras existan fuerzas militares ocupando nuestras Islas Malvinas nuestro país no será soberano y por lo tanto, la comunidad organizada que los peronistas soñamos no será posible.

La independencia económica es la segunda de las banderas que la doctrina de la justicia social enarbola. Esta guarda una íntima relación con la anterior porque del pleno ejercicio de la soberanía territorial depende el aprovechamiento de cada uno de los recursos que hacen al pueblo-nación, desde su territorio, su actividad económica, el recurso humano y todas las potencialidades económicas que permitan el crecimiento sostenido condición del desarrollo nacional.

Juan Perón imaginó que un país libre y soberano debía estar necesariamente industrializado, pues es preciso que un país no dependa de otros para su desarrollo ni para la provisión de insumos ni bienes de capital, pero también porque una industria pesada es el fundamento necesario de la defensa del territorio. Un país soberano debe ser capaz de ejercer sobre las potencias foráneas la disuasión respecto de cualquier iniciativa de ocupación y esta solo se logra a través del fortalecimiento de un ejército profesional capaz de ejercer de manera activa la defensa en caso de conflicto. Un país desmilitarizado o con un ejército mal equipado, sin aviones, barcos y radares es un país vulnerable, que será fácilmente ocupado o depredado de manera ilegal, como sucede en la actualidad sin que las fuerzas naval y aérea tengan mucho para hacer.

Los resultados están a la vista, mientras que durante el mandato del General Perón la Argentina poseía tecnologías de punta que le permitían fabricar aeronaves y barcos de guerra y mercantes, en la actualidad, tras años de desmantelamiento de la patria peronista, la ocupación británica avanza, el Mar Argentino permanece en constante pugna entre potencias como China e Inglaterra, esta última con el aval de la OTAN encabezada por los Estados Unidos. La ausencia de soberanía territorial habilita la piratería de parte de los buitres del mundo, quienes se empeñan en depredar los inconmensurables recursos de nuestro país, enriqueciendo al enemigo, robusteciendo su posición estratégica y condenando al estancamiento al pueblo argentino.

Cuando hablamos de independencia económica nos referimos a un país cuyo aparato productivo sea movilizado exclusivamente por empresarios nacionales que favorezcan el empleo de brazos y cerebros argentinos. En ese sentido, la independencia del país depende del desarrollo de la ciencia y la técnica, esto explica el fomento a la educación llevado adelante por el peronismo a lo largo de todo su mandato, desde la escolarización primaria y media hasta la educación técnica y superior.

Pero otros factores inciden en el desarrollo material de los pueblos. Ya desde los tiempos de Raúl Scalabrini Ortiz estaba claro que la única forma de sujeción económica a la que las naciones se someten no es la ocupación directa. Al estudiar el sistema ferroviario argentino Scalabrini advirtió que el sistema de transporte de nuestro país estaba íntegramente en manos de capitales británicos. En la actualidad la ecuación se sostiene, aunque estos han mutado en canadienses o sudafricanos para disimular la operación.

El sistema de puertos de nuestro país, con potencialidades para el comercio exterior y un extensísima costa marítima, responde a potencias como Gran Bretaña y China, mientras que el comercio fluvial permanece en manos de capitales de origen europeo, aunque se estima que la próxima licitación del comercio a través de la principal cuenca fluvial del país, la red troncal Paraná-Paraguay, quedará a cargo de capitales de origen chino. Es decir, que los enormes volúmenes de recursos que se recaudan a través del comercio exterior de un país prioritariamente exportador están siendo absorbidos por potencias extranjeras y no se reinvierten en el pueblo.

Eso significa una pérdida de recursos propios de los argentinos, lo que demuestra que las luchas reivindicativas por la soberanía no son meramente simbólicas sino que inciden de manera directa en el desarrollo del país. Como bien recordará el lector, el General Perón se cuidó de expresar en todo momento que una teoría sin correlato en la práctica es letra muerta.

Pero también está esa otra forma sutil de sujeción de los pueblos, la deuda externa. En la actualidad nuestro país adeuda solo al Fondo Monetario Internacional (FMI) nada menos que cuarenta y cuatro mil millones de dólares, cuatro veces la deuda que el presidente Kirchner saldó y que databa en su gran mayoría de la etapa posterior a la dictadura genocida (1976-1983).

La deuda externa condiciona la independencia económica de un país porque lo obliga a subordinar su política económica y social a la recaudación de fondos destinados al pago de la deuda. Los organismos multilaterales de crédito como el FMI, a los que el General Perón ciertamente les rehuía, llevan a cabo la práctica tramposa de prestar dinero con el propósito de favorecer el endeudamiento, y no como versan en sus cartas constitutivas, para brinda ayuda económica a los países miembros en etapas de contingencia.

Para hacer frente a sus obligaciones, los Estados se subordinan a las orientaciones que el organismo posee la potestad de exigir, condenando a los pueblos al ajuste, la recesión y la renovación del ciclo de endeudamiento, lo que en última instancia significa la pérdida total de la independencia económica. Un Estado que no es capaz de resolver las necesidades de su pueblo sino que debe recaudar para pagar deuda no solo no es libre, además es obsoleto pues en última instancia en la práctica la economía de un país endeudado la manejan los acreedores.

Es por eso que los gobiernos peronistas (1946-1955/ 1973-1976/ 2003-2015) hicieron particular hincapié no solo en la importancia de no tomar deuda, sino que además hicieron el esfuerzo soberano de llevar adelante ciclos de desendeudamiento del país. A mayor desendeudamiento, mayor libertad de acción para un gobierno popular, esa es la ecuación peronista.

Entonces vale una vez más preguntarse, ¿y qué es la justicia social? Hemos planteado que esta es más bien un fin en sí mismo y que constituye el efecto de la aplicación en la práctica de las demás banderas. La justicia social es entonces la eliminación de las diferencias entre los hombres, entendida como igualación de las oportunidades y democratización del goce general en el marco de una comunidad organizada.

La justicia social solo es posible en una patria soberana y libre, pues no se alcanza la igualdad en un territorio que no se gobierna ni es posible alcanzar la plenitud del goce material del pueblo cuando la nación está sujeta al arbitrio de potencias extranjeras. Justicia social no es caridad, no es asistencialismo, no es colectivismo.

El peronismo no cuestiona la propiedad privada sino que entiende que un empresariado privado de capitales nacionales es el agente de la inversión en desarrollo para el país. Capitales nacionales y trabajadores argentinos actuando en armonía bajo el arbitrio del Estado peronista y en particular, de las organizaciones corporativas de representación de cada una de las partes: la CGT que nuclea a los representantes sindicales de los trabajadores y las entidades empresariales que nuclean al capital (CGE, UIA). Esa es la organización social del peronismo.

En ese contexto, la búsqueda de la justicia social se asocia íntimamente con la institución del trabajo, como ordenador social y como fuente de la dignidad del hombre. Debido a su raigambre profundamente cristiana, el peronismo entiende que es el trabajo la actividad esencial del hombre, pues este le otorga la satisfacción del cumplimiento del deber y la dignidad de merecer los dones de Dios. Pero desde su pata profundamente pragmática el peronismo sostiene que cada uno debe producir como mínimo lo que consume pues de ese equilibrio depende que los recursos disponibles en la comunidad sean suficientes para el sostenimiento material de todos los hombres y mujeres vivos y activos, los pasivos, ancianos y los niños en etapa de crecimiento.

La justicia social posee entonces una dimensión solidaria, en el sentido de que reconoce que quienes aún no han alcanzado la cúspide de su desarrollo potencial se sostengan por los esfuerzos de quienes están en condiciones de trabajar, y del mismo modo quienes por haber alcanzado la vejez ya han visto flaquear sus fuerzas físicas. Por eso para el peronismo los únicos privilegiados son los niños. Esta concepción humanista del trabajo se funda en la cosmovisión cristiana que subyace a la doctrina justicialista.

Esta se sostiene además por el nacionalismo, del que hemos planteado que es el fundamento inmaterial de la patria justicialista. ¿Y por qué? Bueno, pues, porque nadie defiende una patria que no reconoce ni ama. El nacionalismo es la garantía de que los pueblos lucharán a brazo partido por su soberanía política y su independencia económica. El amor al terruño es la garantía de la justicia social.

Pero no solo eso, amar a la patria no implica odiar a las demás naciones, sino que implica el reconocimiento de la hermandad en la pertenencia a una unidad cultural, la hispanidad, con respeto de las diversidades propias de cada una de las naciones que la componen.

Amar a la patria es el fundamento de la defensa no solo territorial, sino también cultural. Un pueblo abierto a doctrinas foráneas no es capaz de reconocer la colonización cultural de parte de potencias extranjeras. La penetración cultural que convence a los pueblos de que es conveniente entregar de manera libre y sumisa su libertad y su soberanía solo es posible en comunidades que no hayan sido educadas en la lealtad a la propia bandera.

Así, las banderas del peronismo constituyen mucho más que eslóganes vacíos de contenido o entelequias irrealizables. Las tres banderas del peronismo (soberanía política, independencia económica y justicia social, complementadas por el nacionalismo cultural) son la guía práctica que debe seguir todo gobierno que se declare a sí mismo peronista.

Los peronistas tenemos esa costumbre de medirnos mutuamente el aceite, solemos cometer la soberbia de arrojarnos mutuamente acusaciones de gorilismo o antiperonismo. Pero una vez que hemos interiorizado la doctrina no existe modo de errar en la percepción de lo que responde o no a la doctrina que escribió Perón. Al fin y al cabo, el líder fue claro: “somos lo que las veinte verdades y las tres banderas dicen”. Ahí está el peronómetro.

Siempre ha existido, está escrito en lenguaje llano, preciso y demostró en la práctica ser la auténtica y única vía para el progreso de la Argentina. El peronómetro son las tres banderas.

 

Por: Facundo CELASCO   /   Referente Nacional de la Agrupación Las 3 Banderas

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