jueves, septiembre 29, 2022

El milonguero, que se retiró de los escenarios en 2015 por problemas de salud, murió este sábado a los 89 años

El milonguero, que se retiró de los escenarios en 2015 por problemas de salud, murió este sábado a los 89 años

“Mítico bailarín”, lo describen todos los textos que despiden a Juan Carlos Copes. “Mítico” puede sonar exagerado, pero no lo es: fue el bailarín de tango más influyente de los últimos 70 años, desde que junto a María Nieves Rego ganaron un concurso de baile en el Luna Park. Copes venía con la salud deteriorada desde 2017 y a finales de 2020 contrajo covid-19. Aunque superó en primera instancia el coronavirus, las secuelas le agravaron la enfermedad pulmonar crónica que arrastraba. Finalmente falleció el viernes cerca de la medianoche, a los 89 años.

La historia del tango suele escribirse en torno a la música y sus compositores. De la danza –hasta la popularización del video- hay menos registro y los historiadores suelen mencionarlo como una disciplina subsidiaria. Pero basta revisar la historia para advertir que Copes estuvo allí en los momentos fundamentales –y (re)fundacionales- de los últimos 70 años. En 1951, tras ganar ese concurso con María Nieves (curiosamente, jamás les entregaron el premio), montó su propia compañía de tango y armó shows en teatros porteños.

Bailó junto a la orquesta de Francisco Canaro. En 1955, mientras las milongas empezaban su lento declive, se fue de gira con una figura que por entonces empezaba a patear el tablero del tango: Ástor Piazzolla. Con Piazzolla volvería a trabajar en 1968, cuando coreografió la ópera María de Buenos Aires. Años más tarde, en 1983, Copes fue una de las figuras emblemáticas del famoso espectáculo Tango Argentino (de Claudio Segovia y Héctor Orezzoli) junto a colegas como los Rivarola o Virulazo. A Tango Argentino se le atribuye darle un nuevo impulso al tango-danza en todo el mundo, con sus apariciones en París, Londres, Broadway y Tokio, entre otras plazas.

Cuando en 2017 enfermó y se encontró en una situación económica precaria tras el abandono de sus empleadores (Tango Porteño, de Diego Masser y el actual presidente de Racing Club Víctor Blanco), su caso hizo tomar consciencia a sus colegas más jóvenes, que comenzaron a agruparse para defender sus derechos. “Si él, que había revolucionado el tango, que había trabajado toda la vida con él, a los ochentaypico de años estaba en esa situación, ¿a nosotros qué nos queda?”, plantearon a Página/12 en 2018 los responsables de la asociación Trabajadores del Tango Danza. Aun enfermo e iniciando su retiro, Copes seguía impactando.

Aun hoy, que el tango como danza atraviesa nuevas transformaciones, la figura de Copes y su influencia siguen vigentes. Y puede que hasta la causa de su muerte talle en los debates actuales del circuito, mientras la comunidad milonguera se debate entre las milongas clandestinas, los protocolos sanitarios aún no aprobados y las necesidades –económicas y emocionales- particulares.

Copes tuvo la virtud de combinar la raíz milonguera (que conoció en Villa Pueyrredón) con un excepcional criterio para la presentación escénica. Perteneció a una generación para la que los yeites en la pista eran tan personales como las huellas digitales y se podían transmitir, pero no copiar. Estaba mal visto replicar un paso sin darle una vuelta de tuerca propia. Era, también, una generación más intuitiva, que se formaba a los porrazos en las milongas de barrio. De hecho, Copes señalaba que para bailar tango no había que estudiar, sino “sentir”.

Fue la generación que lo siguió, que muchas veces se acercaba al tango desde otros géneros como el folklore o la danza clásica, la que empezó a dar forma a la técnica del tango bailado tal como se la concibe hoy. Pero quienes protagonizaron ese proceso fueron discípulos del propio Copes o de otros de su generación y de similar filosofía. Así que no es aventurado decir que con él termina también una generación de bailarines. Así todo, ejerció cierta labor docente con alumnos destacados. Nombres fáciles de identificar: Liza Minelli, Julio Bocca, Eleonora Cassano, Robert Duvall y Mijhail Barishnikov, entre otros. Gene Kelly lo reconocía como un par.

Además, Copes estuvo involucrado de una manera u otra en muchas películas. A veces como bailarín, otras como coreógrafo (como en Tango, la película, de Carlos Saura, 1998), y también como protagonista. El documental Un tango más, de Germán Kral (2015), retrata a partir de sus propios testimonios la turbulenta relación que tuvo con María Nieves, desde que se conocieron en una milonga (él con 17, ella con 14 años) hasta su ruptura definitiva, tanto artistica como sentimental. Porque fueron pareja durante décadas pero además continuaron el vínculo laboral tras romper sentimentalmente, hasta que Johana, hija de su segundo matrimonio, se convirtió en su compañera de baile.

Por otra parte, el libro Quién me quita lo bailado, de Mariano del Mazo y Adrián D’Amore, oficia de biografía oficial, a partir de una extensa entrevista que Del Mazo realizó al bailarín.

Copes dedicó largo tiempo a reflexionar en torno a su arte. Y tenía al respecto varias sentencias, que soltaba en las muchas entrevistas que se le habían. Por ejemplo, sostenía que “lo más difícil del tango es hacerlo fácil”. La frase podrá resultar llamativa, fundamentalmente para quien observe los movimientos que podía hacer, pero encierra la certeza de que el tango bailado no está en las piernas que vuelan sino en el caminar íntimo de una pareja que se entiende. Además, esa frase distingue su estilo, más sobrio que el de otros colegas.

También era consciente de la importancia del silencio, tanto para su concentración antes de un espectáculo, como los silencios musicales para bailarlos, e incluso como manifestación del efecto que su danza causaba en el público. A Johana le insistía con que más allá del aplauso, lo que debía satisfacerla era el momento en que los espectadores enmudecían. “En ese momento los hiciste olvidar de todo”, explicaba.

Además del reconocimiento del público y sus colegas, recibió varias distinciones oficiales, incluyendo la de “bailarín del siglo”, que le otorgó en el año 2000, tras votación popular, la Legislatura porteña. El título le calzaba entonces, y aún lo hace, perfectamente. Su legado sigue vigente y hoy en todo el mundo alguna pareja baila un tango en su honor.

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