Hay comunidades que se quiebran por las crisis económicas. Y hay otras que se deterioran lentamente por la disciplina partidaria de quienes deberían representarlas. Rivadavia empieza a parecerse cada vez más a este último caso.
Con un panorama nacional marcado por recortes profundos y una provincia alineada a esa lógica, comienza a instalarse algo todavía más preocupante: la aceptación del retroceso como si fuera inevitable. Ya no se trata solo de decisiones aisladas, sino de un proceso sostenido que impacta en derechos concretos. Menos cobertura en salud pública, con el Hospital Saporiti funcionando con servicios reducidos; menor acceso a la justicia, tras la falta de fiscalía; recortes en educación con cierres de secciones escolares; productores con viñedos abandonados y una presencia estatal cada vez más débil en áreas sensibles. Todo eso no es abstracto: se traduce en menos oportunidades y mayor desigualdad.
En ese marco, la diferencia política dentro del propio departamento se vuelve evidente. Hay dirigentes que optan por el silencio y la alineación automática con el poder provincial —Di Cesare, Ronco y Amat, entre otros— acompañando sin cuestionamientos cada retroceso.
Del otro lado, la gestión municipal encabezada por Mansur sostiene equilibrio en las cuentas, cumple con salarios y aguinaldos, y mantiene un rol activo del Estado local incluso en una coyuntura adversa.
La contradicción es difícil de disimular. Municipios políticamente alineados a Cornejo requieren asistencia financiera, mientras Rivadavia, con orden administrativo, no solo no recibe respaldo sino que además pierde herramientas clave para su desarrollo. Todo indica que el problema no pasa por la gestión, sino por el grado de autonomía política.
Al mismo tiempo, el departamento va quedando relegado en definiciones estructurales, mientras el discurso oficial pone el foco en otros ejes, lejos de las necesidades concretas de la región. En ese esquema, lo que se observa es una transferencia constante de recursos, oportunidades y prioridades hacia otros sectores, dejando a varios municipios del Este en un segundo plano.
Rivadavia atraviesa así un proceso de pérdida progresiva de derechos. Y en ese recorrido también entra en juego la memoria colectiva. Más temprano que tarde, la sociedad distingue entre quienes defendieron los intereses del departamento y quienes eligieron acomodarse.
Porque estas decisiones no hacen ruido de inmediato, pero dejan huellas profundas. Y cuando esas huellas se convierten en realidad cotidiana, ya no hay relato que alcance: lo que falta se ve, se siente y se paga.
Fuente: Antes de Ver el Sol / Hugo Lombardi










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